Cata de vinos de Colosía.
"De fino curioso, a amontillado generoso"
Tras el recorrido por la visita, pasé a una sala, típico salón de caserío andaluz, con sus sillas de alpaca y madera. En una mesa grande de madera, preparada la cata con sus copas servidas para cada uno de los visitantes.
Un mantel con detalles escritos de lo que se iba a catar ordenaba los vinos de izquierda a derecha en función de su gama en secos a dulces.
Comenzamos con el fino, el cual nos deja a la vista ese típico color pajizo, dorado muy pálido. Como es característico de los vinos embotellados, limpio, sin ningún poso o residuo. Ya en nariz, se percibe ese olor tan único y tan perdido a fino portuense. Para los más entendidos será fácil comprender esto último. Un olor a fruta muy leve que deja paso a esos frutos secos, a esa almendra fresca, acompañado de un intenso olor salino, a paso por marisma, por esteros, por la rivera del Rio Guadalete en una noche de verano. Ya en boca se acentúan esos matices, esa levadura panadera, esos toques salinos graves y ese paso lento por el paladar, quedándose la mayor percepción en final de la boca, con ese paso áspero.
Paralelo al fino, el guía me ofreció una copa de su fino en rama. No les hablare de las diferencias porque son obvias, aun así, remarcar que la pérdida con respecto al embotellado es mínima, lo cual es de alabar. Mínima pérdida de potencia en olor y un retrogusto más prolongado.
Pasamos al amontillado. Vistos este mismo y el oloroso seco a su lado, en color no se diferencian mucho, lo que me hace pensar que hablamos, bien de un amontillado viejo, bien de un oloroso joven. Me tiro más por lo segundo, debido a que el amontillado mantiene un color más correcto que quizás el oloroso. Se ve un ámbar de matices dorados y reflejos pajizos finos en el movimiento en el paso por la copa. Vino limpio y lagrima mucho más densa que en el caso del fino. Ya en nariz, engaña demasiado ese sentido "dulce" que escapa del nivel de glicerina en la copa. Olemos ya ligeramente la madera, nos quedan toques de crianza biológica y nos refleja en el paso por la nariz esa avellana ya tostada. En boca, nada que ver con los amontillados jerezanos. Damos paso a un amontillado con un carácter más fino, de un paso más intenso por su etapa biológica. Paso largo, lento y agradable, con retrogusto prolongado en el final de la boca, y de paladar sedoso en su entrada.
Seguimos con ese peculiar oloroso. De vejez media justa - me comentaban durante la visita que unos 7 años - lo deja notar en su color, bien cerca de los tonos del amontillado. No podemos decir que nos ofrezca ese característico color a caoba, a madera vieja. Movemos el vino en la copa y nos encontramos con una pata corta, con una densidad poco pronunciada, no propia de los olorosos. Nos da todo esto el detalle de la edad media de este vino. Una vez llevado a la nariz, podemos notar con más agudeza ese detalle, ya que destacamos en este sentido la crianza oxidativa, pero nos palia, quizás, ese tono que nos falta de madera. Aun así, un oloroso "oloroso" con demasiado refresco. En boca nos devuelve amplios detalles y en el retrogusto de nos esconde ligeramente para el tipo de vino que nos está pasando. Dicho esto, y acostumbrado a otro tipo de olorosos, merece la pena probarlo. Buen vino.
Dejamos de lado los secos y nos vamos al Cream. Tomando como referencia el 10RF de Osborne, con el que más estoy familiarizado - aunque sea un Medium - tomamos en la copa un vino poco denso para la alta cantidad de azúcar que presentan los Creams. Aparece en la nariz esa pasificación tan portuense de la que tanto hablo y escribo y nos deja agradables detalles de fruta, de uva pasa, quedando en la parte posterior del olfato - en el último paso por la nariz - ese oloroso seco. Ya en boca nos pasa con esa suavidad tan característica de este tipo de vinos, llenándola de principio a fin y dejando un retrogusto prolongado en la parte más frontal de la boca. Un vino muy agradable y de paso más que correcto por todas las facetas de la cata.
Entre el Cream y el PX, Colosía ofrece en su gama de Jerez un moscatel soleado. Según comentó el guía, se trata de una uva moscatel, como dice su propio nombre, pasificada o soleada. Nos devuelve así en la copa un oscuro color caoba, sin ser el color del Pedro Ximénez, pero queriendo serlo. Una uva que nos devuelve ese olor característico, tan suyo, tan del sur, tan inconfundible. Este moscatel soleado, aunque no se encuentra en la gama de vinos de Jerez del Consejo Regulador, es un detalle de la bodega de ampliar su carta de productos, y ponernos en la mesa un trocito, tan importante, de la zona productora de materia prima del Marco, Chipiona y Chiclana.
Finalizamos este recorrido con el conocido PX. Estando en el Puerto de Santa María, no nos queda más que reconocer esa intensa pasificación, ese amarillo que arrastra la copa movido el vino. En este caso, vemos que esta bodega no solea la cantidad que lo podrían hacer otros. Creo que el objetivo es obtener mayor líquido y mayor producción, aunque dejan de lado esa densidad que echo de menos en el PX portuense en esta bodega. En boca, típica uva pasa, chocolate puro e intenso, regaliz... una extensa gama de sabores que recorren - dejando su tono más duro en la parte delantera de la boca - todo nuestro paladar, sin dejar indiferente a nadie con su testeo. Un PX, ya les digo, menos intenso de lo normal, lo que algunos amantes de este vino agradecerán en ocasiones.
