Visita Gutiérrez Colosía.

03.03.2020

"De grandes vinos, grandes historias, casi bien contadas"

Comenzaba la visita entrando en una pequeña sala de espera de la cual emergía la bodega. Desde allí podía ver las dimensiones del casco, uno de los dos, y el único que se visita.

Compuesta de siete hileras, dos andanas en el lateral sur y otras dos en el lateral norte. En cada lateral comida una andana, en el caso sur por la sala de espera, y en el caso norte por dos depósitos.

Llega el guía, el cual es de procedencia extranjera, para comenzar la visita. Habla de que la bodega data del año 1838, de una familia portuense de la cual hoy vive la tercera generación, llevando la comercialización de los vinos familiares. Venden vinos bajo la denominación de origen Jerez, y su marca, según comentan, no es industrial. Envejecen y embotellan desde el origen y su principal mercado es Camp Roca, de los hermanos Roca, unos enamorados del vino de Jerez. Sus vinos llevaran el nombre Colosía, incorporado a la tipología de vino que estemos consumiendo.

Detalle que en cierto modo no me agradó, fue el comentario del guía que dejó de lado a los vinos de cabeceo, a los blends, a los cuales se refería como a los que no se consumían en Jerez. En cierto sentido algo de razón tiene, dado que los bebedores de jerez no son habituales en este tipo de vinos, los dulces. Aun así, a personas que provienen de otras zonas de España - y por experiencia lo digo - hay que comenzar por enseñarles los vinos en escala de más dulces a más secos, para, de algún modo, introducirlos en el vino de Jerez. Detalle a recalcar.

Echando un vistazo a la fisionomía de la bodega, me llamo la atención la superposición de las andanas sobre vigas de hormigón, y la falta de albero en el solaje. Es, dicen, la única bodega del Marco que no requiere el uso de esta arena debido a la cercanía del río Guadalete, y a que su cauce recorre el subsuelo de la bodega. Decir que las andanas - por defecto profesional - están correctamente alineadas.

En cuanto a las botas, me fijé en el detalle de que la gran mayoría tienen entre 20 y 25 arrobas - algunas evidentemente más - lo que supone una gran cantidad de vino en su interior. Compuestas por una solera y dos criaderas, supone la altura lógica para una bodega situada en El Puerto de Santa María. Un detalle curioso es que la segunda criadera es de menor tamaño. En el ambiente se notaba la humedad marcada, un 80%, aunque las paredes no lo reflejan.

En cuanto a los vinos que pude ver marcados en las botas, situándonos en la mitad del casco, donde se dejaba un pasillo que separaba las hileras centrales, en la parte sur de la bodega se sitúa una hilera que la recorre todo el lateral. Justo en esa mitad, dividen el Oloroso y el Amontillado, recorriendo unas 25 soleras de cada tipo de vino en esa hilera.

Siguiendo con la explicación del guía, me apunté de "el sistema educacional del vino". Explicaba el sistema de Soleras como un sistema en el que lo vinos iban siendo educados por otros. En la segunda criadera encontramos la "guardería", donde se halla el vino más joven, aun por educar. En la primera criadera, pasamos a "instituto", donde tenemos vinos en proceso de madurez; y ya en la solera, la "universidad", donde los vinos se preparan para salir al mercado laboral, para el consumo. Paralelismo más que acertado para dar a comprender este tipo de sistema, más que genuino y desconocido para la gran mayoría de la población.

En el proceso de la visita, continuó explicando la tipología de vinos, haciendo referencia - con detalles quizás demasiado técnicos - al velo de flor, dejando ver sus capacidades como enólogo, pero no tanto como guía, en mi humilde opinión.

Nos dirigió entonces a lo que me imaginé que era la sacristía, contigua al casco, y que recalaba en la sala de catas. Allí encontramos un peculiar ambiente, donde se mezclan bocoy, botas y pipas; donde se conocen los vinos más viejos, donde no pasa el tiempo, donde no hay orden ni sentido. Me detuve en cuatro bocoy que me llamaron especialmente la atención. 40 arrobas marcaban, pero eso no es lo mejor, sino de lo que eran esas 40 arrobas. Un detalle que nos dejara abrir y oler. Un Palo Cortado viejo, de olor excelente. Olor viajero en el tiempo, magnifico, y con el que me quedé con las ganas de probar. Esos bocoy, que eran cuatro, según sus tizas, se dividían en dos para su soleraje. Los dos de la izquierda con 40 arrobas y los dos de la derecha con unas 30.

Contigua a esta misma sala en forma de pasillo, un pequeño cuarto donde se encuentran tres andanas con cuatro alturas de pipas de brandy, El Cano y el Amerigo Vespucci, buques insignia de la casa.

Llegamos a la sala de catas, donde nos encontramos con los seis vinos a catar, puestos en un mantel tipo, donde se realizan las catas profesionales, con algunos detalles en forma de guía. Estos siete vinos - ya que me ofreció una copa de fino en rama - los comento en otro artículo aparte, para no hacerles muy extensa la visita.

En general, hablamos de una visita, en sí, poco estructurada por el guía, sobre la marcha. Detalle aparte, y sin motivo de ofender a nadie, es bonito que la visita te la realicen personas que están ligadas de un modo u otro al vino de Jerez desde sus raíces, en contra de encontrarte a una persona extranjera que te los explique, por mucho conocimiento que tenga de ellos. Aun así, buen trabajo. Los vinos y el ambiente de bodega muy portuense - de las que, por desgracia quedan pocas - acompañan perfectamente la visita. Agradecido por el trato recibido.

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